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I
REUNIÓN CIENTÍFICA PARA ALUMNOS DE EEMM â?oCÁCERES 97â?
24/4/97
Conferencia
inaugural
Ángel PUERTO MARTÍN

Área
de Ecología. Facultad de Biología. Universidad de Salamanca.
Campus
Â. 37071 Salamanca.
LOS
PROBLEMAS DE LA SUPERPOBLACIÓN
Si
partimos de que existen límites para la densidad de las poblaciones,
es seguro que la disponibilidad de alimentos ha supuesto un límite para
el crecimiento de la población durante la historia de la humanidad. Pero
el hombre está condenado a soportar su ingenio y capacidad de invención,
por lo que ha sido capaz de ir eliminando impedimentos mediante una serie
de saltos, cada uno caracterizado por un incremento considerable de la
producción alimenticia. Así, de una economía cazadora-recolectora, se
paso a las sociedades agrícolas, y de éstas a las industriales, con un
último hito en la denominada revolución verde. Aunque dicha revolución
se ha quedado muy por debajo de sus perspectivas, lo cierto es que la
fuerza laboral que se aplica actualmente al sector agrícola apenas viene
a ser un 3-5%.
No
obstante, la capacidad limitada de carga del planeta como un todo,
impondrá límites a la producción alimenticia, aunque es imposible predecir
en qué momento el incremento de la población superará al potencial
de ir aportando nuevas soluciones. Ahora bien, dado el desigual reparto
de riquezas entre los distintos países, un equilibrio de este tipo
está condenado a la inestabilidad, patente en el momento actual, por
lo que no hace falta ser un profeta para predecir amplias bolsas de
hambre, que ya padecen al menos 1000 millones de habitantes de los
5.500 millones existentes. El incremento de la población, de tipo exponencial
en una escala global, ha derivado en un aumento traumático del número
de individuos luchando por la energía en forma de comida, alojamiento,
transporte y otras necesidades (reales o ficticias). De esta manera,
a nuestro metabolismo fisiológico se une el extrasomático, traducido
en una respuesta socioeconómica a estas demandas, que conducen a un
crecimiento económico en alza. Esto ha ido forzando progresivamente
la capacidad del medio ambiente para absorber el gasto extrasomático
del hombre, que se expresa en degradación y contaminación.
Precisamente,
lo que juega aquí, y lo que puede hacer fallar cualquier opinión que
uno se forme al respecto, es nuestro metabolismo extrasomático. Padecemos
la propiedad innata, llámese egoísmo, para realizamos a expensas del
resto del mundo, y esto se traduce en la explotación imprudente de
todos los recursos disponibles. En otras palabras, somos feroces devoradores
de recursos naturales y energéticos dentro de un ecosistema finito.
Esto conduce a productos indeseables que representan una característica
del metabolismo de nuestra especie. La consecuencia es que, antes de
tratar de apocalípticos escenarios de hambre, tal vez la acumulación
dramática de subproductos potencialmente dañinos podría haber culminado
en un proceso de autoenvenenamiento que haría innecesaria la producción
de más alimentos. La última barrera para una proliferación sin fronteras
de nuestra especie llegaría en la forma de un efecto autotóxico en
vez de como consecuencia de los recursos nutritivos.
Las
ganancias del hombre, aunque deriven de un estado final de proliferación
que debiera haberse conseguido de manera más consciente, no han sido
pocas. Hemos ganado en longevidad, y merece la pena afirmar explícitamente
que los principales factores responsables de la longevidad, tales como
la nutrición equilibrada, la evasión de trabajos excesivos o de alto
esfuerzo y la atención médica, son todos privativos de las sociedades
desarrolladas, las que más materiales y energía utilizan, aunque sea
a pesar de otras sociedades a las que llevan al subdesarrollo. Por
tanto, es evidente que la duplicación del término medio de vida en
los últimos 100 años está relacionada con un flujo energético progresivamente
creciente. Este flujo ha proporcionado, efectivamente, la riqueza que
subyace en la mejoría general de las condiciones de vida.
Aquí
nos encontramos con el mayor de los dilemas, que analizado seriamente
no deja de ser trágico-cómico. La corriente energética incrementada
a través de los ecosistemas humanos es el único progreso realmente
importante en la historia de la humanidad, en la que se basan todos
sus logros, incluyendo la duplicación de la vida individual. Pero es'
esta corriente la responsable del deterioro progresivo del medio y
tiene potencial para producir el mencionado efecto autotóxico. Las
alternativas a esta tendencia pecan muchas veces de ingenuas, porque
suelen fundamentarse en invertir, de forma voluntaria, el camino de
una economía de alta energía a otra de baja energía. Se ignora así
la situación de los miembros de la sociedad que suelen plantearse esta
cuestión, pertenecientes a países privilegiados y que gozan de todos
estos privilegios. Volver a los  viejos tiempos supondría,
por ejemplo, morir felizmente a los 30-40 años de edad, mientras que
hoy viven hasta los 70-80 años. En estas condiciones, habría que decir
que la mayoría de los críticos estarían lo Â
como para expresar su resentimiento hacia la sociedad industrial en
general.
Tal
vez no se trate de invertir los caminos energéticos, sino de intentar
reconciliar los requisitos energéticos y la preservación del ambiente.
Por lo tanto, el futuro de la sociedades industriales dependerá de
mantener un canal energético adecuado minimizando el efecto autotóxico.
Esto nos conduce de nuevo al límite impuesto por el aumento de la población,
a la vez que a la desigualdad entre países, donde los más pobres aspiran
a obtener un cierto nivel de bienestar. La situación es delicada, porque
las condiciones actuales no pueden durar. Cualquier intento de remediarla
tiene que empezar con el esfuerzo objetivo de imponer límites a la
procreación sin fronteras de esta especie tan particular como es la
nuestra. El propósito es establecer una población estacionaria compatible
con la capacidad de carga del ambiente, al tiempo que no derrochadora
de los recursos naturales. Pero mientras tanto vivimos el día a día
porque, en el fondo, no estamos dispuestos a renunciar a ninguno de
nuestros privilegios individuales, aunque colectivamente invoquemos
farisaicamente redistribuciones y solidaridad. Decir esto hace dos
décadas sería un pecado difícilmente perdonable, pero actualmente estamos
tratando de una población desertora que recurre a los  para alejar de sí cualquier atisbo de intranquilidad de conciencia.
En estas condiciones, no hay camino real que nos pueda conducir fuera
de la situación en que vivimos, y menos que sostenga consistentemente
la promesa de una solución rápida. Vivir el momento presente es posponer
oscuras predicciones quizá muy cercanas. Como si nos encontráramos
navegando dando bandazos en un barco a la deriva, olvidamos la penumbra
que nos rodea y volvemos, como siempre, a confiar en la inventiva e
ingenio del hombre, esperando unos resultados que nunca sabemos si
llegarán.
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