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V
REUNIÓN CIENTÍFICA PARA ALUMNOS DE EEMM ?oLOGROSÁN 2001?
Conferencia
inaugural
VÍCTOR M.
FERNÁNDEZ MARTÍNEZ

Dto.
de Prehistoria y Etnología
Universidad
Complutense de Madrid
Director
Científico del Certamen Jóvenes Investigadores
Instituto
de la Juventud. Madrid
ORIGEN
Y EVOLUCIÓN DE LA HUMANIDAD EN ÁFRICA
Desde
nuestra época clásica existe la tradición de que el ser humano proviene
de África. En el siglo V a. C., el historiador griego Herodoto afirmó
esto porque el clima cálido y la abundante vegetación de los trópicos
africanos, que él y sus contemporáneos sólo conocieron de oídas,
hacían innecesarios la vivienda, el vestido y el esfuerzo para conseguir
el alimento. Por ello parecía lógico que los primeros humanos, todavía
carentes de la cultura que les permitiera adaptarse a otros climas,
hubieran surgido y vivido al principio precisamente allí. Cuando
hoy se visitan las tierras altas de África Oriental, todavía llenas
de enormes manadas de animales salvajes que los occidentales pudientes
admiran y fotografían desde sus automóviles, es posible imaginar
cómo era este planeta antes de que llegara el ser humano, como decía
Kapuscinski, lo bella que era la Tierra antes del pecado.
La
idea anterior no dejó de ser una de tantas que se transmitieron de
la antigA?edad pero que eran imposibles de comprobar en la práctica.
Tampoco era contrastable en su momento la que tuvo Charles Darwin,
el fundador de las teorías evolucionistas modernas, a mediados del
siglo XIX: si los humanos veníamos de los animales, y los animales
más parecidos a nosotros, el chimpancé y el gorila, sólo vivían en
África, los humanos deberíamos haber surgido allí.
Hizo
falta más de un siglo de investigaciones para comprobar que Darwin,
como en casi todo lo que dijo, tenía razón. En las décadas de 1920
y 1930, dos estudiosos sudafricanos, Raymond Dart y Robert Broom,
descubrieron en las canteras del Transvaal varios cráneos cuya fecha
todavía no se sabía pero que reunían características comunes a los
grandes simios (cerebro pequeño) y a los humanos (dientes pequeños).
Pero los más grandes profesores europeos despreciaron a estos aficionados
de una nación tan lejana, y prefirieron otra teoría que afirmaba
que el primer humano había surgido en Europa, y más en concreto en
la Gran Bretaña, donde se conocía un fósil también antiguo y que
no tenía nada que ver con los sudafricanos: el cráneo de Piltdown
era todo lo contrario, con un gran cerebro grande como el nuestro
y unos dientes también grandes de simio. No sólo era un fósil europeo,
sino que mostraba una dirección evolutiva más ?ológica?, primero el
cerebro para pensar y luego los dientes para comer.
Pero
muchos sospechaban del resto de Piltdown y en los años cincuenta
se descubrió, mediante análisis químicos, que era una falsificación,
un montaje de cráneo reciente y mandíbula de simio manipulada. Los
restos sudafricanos fueron aceptados universalmente cómo nuestros
antepasados más recientes, todavía no humanos, y por ellos se les
considera un género diferente, Australopithecus (mono
del sur). En esa época comenzó la investigación en África Oriental,
en las naciones de Tanzania, Kenia y Etiopía donde se han producido
hasta ahora los hallazgos más espectaculares que desplazaron en importancia
a los primeros de Sudáfrica.
En
primer lugar se pudo saber la antigA?edad real de los fósiles, gracias
a los ?orelojes atómicos? que consisten en medir las dosis de radiación
y desintegración nuclear en isótopos recogidos de las capas geológicas
que sellan estratigráficamente los fósiles. Fue una gran sorpresa
saber que los humanos más antiguos tenían más de dos millones de
años y que los Australopitecos podían llegar a más de cuatro millones
de años de antigA?edad. También es curioso que esta última fecha coincida
con los resultados de otro tipo de análisis científicos, los de la
composición genética de distintos animales para ver sus diferencias
y así poder calcular el momento en que se separaron unos de otros
a lo largo de la evolución (al igual que las radiaciones atómicas,
algunas mutaciones genéticas se producen a velocidad constante, permitiendo
así calcular el tiempo transcurrido). Nuestros genes se parecen mucho
a los de los grandes primates, sobre todo a los de los chimpancés
(un 94% es idéntico), y se ha estimado que la separación entre ellos
y nosotros se debió producir hace unos seis o cinco millones de años,
es decir, un poco antes de que aparecieran los Australopitecos.
Luego
se pudo ver la gran variación de géneros y especies que hubo en esa
época. A los Australopitecos de Sudáfrica, que habían sido primero
pequeños (especie africanus)
y luego más grandes (robustus)
se unieron las especies de África Oriental de anamensis, afarensis , ghari (todas
ellas ?ográciles?, es decir, más pequeñas) y aethiopicus y boisei,
ambas robustas y más modernas que las anteriores (algunos prefieren
incluirlos en otro género distinto: Paranthropus).
Incluso algunos han defendido que entre el antepasado común a chimpancés
y humanos y los primeros Australopitecos hubo otro género intermedio,
el Ardipithecus. Aunque
sobre éste último hay duda, todos los demás eran ya bípedos, es decir,
andaban erguidos sobre las dos piernas y no echados hacia delante
y apoyándose en los nudillos como hacen los monos.
Luego
el cambio fundamental al dejar la línea de los monos fue ese: andar
de pie. ?Por qué se produjo? Como suele ocurrir en estos temas, hay
varias teorías pero ninguna se puede todavía demostrar como la más
cierta. Desde el punto de vista adaptativo, es decir para competir
con otros animales por la comida, parece que este cambio no fue bueno,
pues los humanos corremos menos que los monos y encima lo hacemos
fatal en los árboles. Pero existe una ventaja clara: ahora las manos
están libres y con ellas se pueden hacer instrumentos, lo que llamamos
cultura humana, muy superiores a los pocos que hacen algunos monos.
De hecho, al diálogo entre mano y cerebro durante muchos miles de
años atribuyen los paleoantropólogos el crecimiento de la inteligencia
humana. El problema con esta hipótesis es que los Australopitecos,
durante más de dos millones de años hasta que aparecieron los humanos,
NO fabricaron herramientas (al menos no en piedra, que son las que
se conservan y todavía podemos ver hoy; tal vez las hicieran en madera
u otros materiales perecederos).
Por
eso hay otras explicaciones, como la muy simple de que estando de
pie se podía otear mejor el horizonte y prevenir los peligros de
la llegada de los carnívoros, la de tener las manos libres para que
las hembras pudieran cuidar mejor a las crías y así aumentar el tamaño
del grupo, o que la postura erguida es mejor para resistir el enorme
calor del mediodía en esas tierras tropicales, y así aprovechar el
momento en que otros competidores dormían la siesta?| Varias de estas
ideas se refieren a un cambio fundamental que ocurrió más o menos
por la época en que se separaron las líneas evolutivas: una enorme
grieta se abrió en África Oriental desde el Mar Rojo hasta Sudáfrica,
el valle del Rift que acabará dividiendo el continente en dos partes
en un futuro lejano. Esta separación provocó un cambio climático
en la parte oriental, apareciendo el clima monzónico actual con épocas
de lluvia y otras de sequía, lo que acabó con la mayoría de las selvas
de esta zona. Los primeros homínidos cambiaron porque se quedaron
sin los árboles donde habían vivido durante muchos millones de años.
De hecho, hoy todos los grandes monos en África viven al occidente
de la grieta, donde siguieron las grandes selvas (cuya gran humedad
impide que se conserven los huesos, y por ello no sabemos todavía
cómo evolucionaron ?oellos?), mientras que todos los restos de fósiles
de homínidos se han encontrado al otro lado, el oriental, del valle
del Rift.
En
África Oriental también se han encontrado huesos de homínidos que
los investigadores ya han identificado como humanos, y por lo tanto
se consideran miembros del género Homo.
?Cómo se distinguen de los anteriores? Viendo un dibujo o foto de
los cráneos la diferencia es clara: la frente es más elevada, el
cerebro es mayor (aunque sólo un poquito), la cara es menos prominente,
los dientes son más pequeños; en suma, parece haber un salto cualitativo
en la dirección que nos aleja de los grandes monos. Pero también
hay otra cosa: más o menos por la misma época, hace dos o dos millones
y medio de años empiezan a aparecer instrumentos de piedra tallada
(Figura 1), simplemente piedras, muchas veces cantos rodados de los
ríos, que fueron golpeadas para formar filos cortantes, ?ocuchillos?
que tuvieron que servir para algo nuevo, que luego veremos. Por muy
simples que nos parezcan estos ?onúcleos? tallados, son mucho más
complicados que lo que puede hacer cualquier mono.
Figura
1.- Tipos de instrumentos de piedra utilizados por los primeros
seres humanos en África Oriental, hace unos dos millones de años
(según C. Gabel, 1983)
También
entre los Homos se han distinguido varias especies distintas, para
complicar más el ya peliagudo asunto: habilis, rudolfensis, ergaster y erectus,
todos ellos viviendo en África Oriental (en Sudáfrica los restos
son mucho menos claros) entre algo después de 2.5 y 1.5 millones
de años antes del presente. Entonces todavía quedaban varias especies
de Australopitecos por allí, y una de las discusiones fundamentales
es de cuál de ellas provienen los primeros humanos. Comparando los
huesos entre sí (hay miles de ellos, la mayoría fragmentados, lo
que da una idea de la dificultad del análisis) y con huesos actuales
de humano y mono, complejos programas matemáticos realizan árboles
y ?ocladogramas? que relacionan unas especies con otras (Figura 2),
pero hay muchos y cada antropólogo defiende el suyo, por lo que es
mejor quedarse con esta idea: en una época hace algo menos de dos
millones y medio de años, algún tipo de circunstancia climática difícil
(se registra por entonces un aumento de la aridez en el clima, relacionado
con el comienzo de los grandes períodos glaciares en el hemisferio
norte), empujó a que algunos grupos de Australopitecos se enfrentaran
a las nuevas y duras circunstancias cambiando de comportamiento,
lo que provocó los cambios fisiológicos que antes vimos.
?Cuáles
fueron esos cambios? Sobre este tema se ha discutido casi más que
sobre los anteriores, pues si lo pudiéramos conocer estaríamos contestando
en parte a la pregunta más importante de todas: ?Qué es un ser humano?.
Al contrario que los huesos de Australopitecos, los de Homo a veces,
y las piedras talladas en muchas ocasiones, aparecen agrupadas formando
?oyacimientos? como los conocidos de épocas muy posteriores, hasta
hoy mismo. Piedras y huesos de animales, a veces de animales grandes,
aparecen juntos indicando que los humanos se juntaban allí para comer
carne, una y otra vez, de forma repetida, pues de otra forma no habrían
quedado tantos restos ni éstos aparecerían agrupados de forma tan
homogénea (Figura 3). Aquí aparecen dos cosas importantes, que los
monos nunca hacen: comer carne en grandes cantidades y tener un ?ocampamento?
fijo donde todo el grupo acude para reunirse periódicamente, tal
vez a diario. La primera novedad lleva a la segunda, pues la razón
de las reuniones pudo ser compartir el alimento, y la carne es un
tipo de comida que se presta a este comportamiento (un animal muerto
da más carne de la que pueden comer unos pocos humanos, y si no se
reparte se pudre y se pierde; de hecho, todos los grupos de cazadores
actuales conocidos comparten siempre la carne, lo que no es necesario
hacer con los comestibles vegetales).

Figura
2.- Árbol evolutivo de los distintos géneros y especies fósiles de
homínidos africanos (según Bernard Wood, 1994)
Pero
la idea anterior ha tenido muchos adversarios. Si los primeros humanos
ya hacían como los cazadores de casi hoy mismo, ?qué cambios se produjeron
en dos millones de años de evolución? Además, con esas toscas piedras
talladas y siendo como eran seres más bien bajitos, resulta difícil
imaginar cómo fueron capaces de cazar animales grandes (hay huesos
de elefante, hipopótamo, grandes búfalos, etc.). Por eso algunos
han propuesto que la carne no la conseguían mediante la arriesgada
caza, sino por el más seguro procedimiento del carroñeo: aprovechando
animales muertos por otras causas, naturales o por algún otro carnívoro
que se hubiera ya saciado previamente, y compitiendo con animales
tan poco simpáticos como los buitres o las hienas. Esta hipótesis
también ha provocado mucha oposición, e intentando resolver la cuestión
la investigación actual se está fijando en el comportamiento de otros
carroñeros, en la carne que queda todavía después del paso de unos
u otros carnívoros, en las huellas que muestran los huesos (tienen
raspaduras hechas por cuchillos de piedra, que para eso sirvieron
seguramente, pero también muchas marcas de grandes dientes de carnívoro,
y por lo tanto humanos y animales estuvieron implicados en ellos),
etc.

Figura
3.- Plano de distribución de restos en la excavación del sitio FLK
de Olduvai (Tanzania) fechado hace 1,8 millones de años. Se aprecia
como coincide aproximadamente la distribución de útiles de piedra
(A), huesos de animales (B), huesos con mordiscos de animales carnívoros
(C) y huesos con marcas de cortes de útiles de piedra (D). Esta coincidencia
demuestra que fueron los homínidos quienes formaron la acumulación.
(Según Kroll e Isaac 1980).
De
una u otra forma, buen o mal cazador, taimado o atrevido carroñero, el
primer humano comenzó una línea de comportamiento esencial para comprender
la evolución posterior y la situación actual: la socialización. Fue reuniéndose
cada vez más con sus congéneres, intercambiando información, primero por
signos y ruidos y luego, y aquí está lo importante, mediante el lenguaje
articulado. En definitiva, deviniendo un ?oanimal social? que es lo que
hoy somos, y mostrando la importancia que lo social tiene
para entender a la humanidad de todas las épocas y culturas.
?Qué
sucedió después? Fuera de África se han buscado lógicamente los restos
de los primeros humanos, y aunque hay alguna discusión con las fechas
de los más antiguos en Asia oriental (algunos parecen tan tempranos
como los africanos, pero las fechas no son siempre seguras), parece
claro que desde África la humanidad se expandió por el resto del Viejo
Mundo (al Nuevo, América, no llegó hasta hace muy poco tiempo, poco
más de diez mil años).
En
Europa los recientes e importantes descubrimientos del conjunto español
de yacimientos de Atapuerca en Burgos han ayudado a entender el problema
mucho mejor que antes. Una variante humana que vivía todavía en África,
llamada Homo ergaster para
distinguirla como especie de la variante asiática, Homo
erectus, evolucionó hasta que en determinado momento, hace algo
menos de un millón de años, pasó a Europa, tal vez a causa de los cambios
climáticos que provocó la gran glaciación de mediados del Pleistoceno.
En Atapuerca se han hallado varios huesos humanos fechados en torno
a 800.000 años, por lo que seguramente son hijos o nietos, por así
decir, de esos primeros llegados. Más tarde estos primeros europeos
evolucionaron hacia una especie que luego se extinguió sin tener nada
que ver con nosotros, los neandertales (Homo
neanderthalensis), mientras que algunos de los que se quedaron
en África dieron lugar al hombre ?omoderno? (Homo
sapiens) que somos nosotros. Los antropólogos que trabajan en
Atapuerca piensan que esos restos más antiguos del yacimiento podían
ser todavía parecidos a los que se quedaron poco antes en África, y
por lo tanto ser del mismo grupo que fue a la vez antepasado de los
neandertales y de nosotros, y por ello han definido una nueva especie
con un hermoso nombre: Homo
antecessor.
Mientras,
en África la evolución continuó, y el continente, con su clima duro
y cambiante, todavía iba a contribuir, como hemos dicho, de forma esencial
al último gran cambio evolutivo que seamos capaces de detectar hasta
ahora, el surgimiento del Homo
sapiens. Para saber esto los científicos han usado el mismo método
de comparaciones genéticas que vimos antes: comparando en humanos actuales
un tipo de genes muy particular, el contenido en las mitocondrias de
las células (ADN mitocondrial), que se transmite por vía materna y
cambia muy rápidamente y a velocidad constante, se comprobaron dos
cosas: la variación era mucho más pequeña que la esperada, luego hemos
cambiado poco y esto solo se explica si hemos empezado a cambiar hace
poco tiempo y ello es porque todos descendemos de un pequeño grupo
de hace 200 ó 100.000 años, y la mayor variación se registra en África,
y por ello lo más plausible es que ese grupo haya vivido precisamente
allí.
El
registro fósil africano ha ayudado en parte a reforzar esa hipótesis
(conocida como la ?oEva africana?, pues ese ADN por fuerza procede de
una sola mujer que vivió por esa época), al haberse encontrado, en
Sudáfrica y África Oriental, restos de cráneos con rasgos de sapiens
hacia esa época, que se han llamado Homo
sapiens arcaico aunque hay discusiones sobre el nombre que se
debería emplear (los que proponen Homo
rhodesiensis se olvidan de que el nombre de la antigua colonia
británica donde se encontró el primer resto, Rhodesia, proviene del
nombre de su conquistador, Sir Cecil Rhodes, un aventurero y empresario
colonialista que no se distinguió precisamente por su respeto hacia
los africanos).
Hace
unos 40.000 años o menos, esos grupos de sapiens, no distinguidos por
ninguna ventaja fisiológica ni tecnológica aparente que hoy seamos
capaces de observar en los datos arqueológicos (aunque quizás fueran
capaces de un lenguaje tan avanzado como el nuestro y por eso fueron
los primeros en realizar obras de arte como la famosa cueva de Altamira
en Santander), se expandieron por el resto del Viejo Mundo y reemplazaron
a los viejos descendientes de los primeros viajeros que habían salido
mucho antes también de África (neandertales en Europa, erectus en Asia).
?Qué quiere decir que los ?oreemplazaron?? Pues que los segundos desaparecieron
completamente, mientras los primeros son los únicos con descendencia
genética en los humanos actuales. ?Exterminaron los sapiens a los otros?
?Existió contacto sexual, con lo cual nosotros también descenderíamos
de los más ?oatrasados??.
Lo
primero es difícil de discernir, pero hay una cultura de piedras talladas
en Europa, llamada chatelperronense, que fue fabricada en la época
de la transición y que tiene caracteres de la anterior más arcaica,
el musteriense de los neandertales, y de la posterior más avanzada,
el auriñaciense de los sapiens; el único esqueleto asociado a esta
cultura es de neandertal. Esto quiere decir que ambos grupos debieron
coexistir durante un tiempo (por lo menos varios siglos) y que los
neandertales ?oaprendieron? de los sapiens, al menos en lo relativo
a la factura de los instrumentos de piedra, por lo que el corte pudo
no ser tan brutal como sugieren los datos genéticos. Éstos nos dicen,
por el contrario, que en nuestra composición molecular no hay ningún
dato que sugiera una mezcla, y que lo más probable es que ambos grupos
no intercambiaran hembras (que pudieran ser nuestras abuelas neandertales),
aunque también podría ser que sí hubiera ocurrido esto pero que las
uniones fueran estériles por las diferencias genéticas entre ambas
especies.
Luego
queda bien establecido, al menos en el estado actual de métodos y conocimientos
científicos, que África fue la cuna del ser humano, entendiendo éste
en sentido general, aquellos individuos que andaban de pie, fabricaban
instrumentos y comían carne hace más de dos millones de años (género Homo),
y en sentido estricto del hombre actual, que posee un complicado lenguaje
y por ello es capaz de un comportamiento simbólico y ritual de gran
complejidad (especie sapiens).
Luego todos venimos de África, y puesto que el color de la piel está
relacionado con el clima, y en África es oscuro para resistir el sol,
es casi seguro que al principio todos fuimos NEGROS, y el color blanquito
que tenemos en el norte se debe a que luego tuvimos que acostumbrarnos
al frío y la lluvia, olvidando el calorcito del que veníamos, durante
las últimas pocas decenas de miles de años.
A
pesar de ello, la imagen de África no ha mejorado en el mundo actual,
y todavía pesa la vieja identificación entre raza negra y esclavitud
y colonialismo, que tanto daño hizo y sigue haciendo al continente.
Para comprender la importancia que la arqueología, y el estudio del
pasado en general, tiene en el concepto de los pueblos actuales, no
hay más que pensar en la gran estima en que todavía hoy se tiene a
los griegos, aunque hayan pasado más de mil años desde su época clásica
y se encuentren en un estado más bien lamentable, o en cómo muchos
intelectuales del África subsahariana han intentado identificar a los
antiguos egipcios de la gloriosa época faraónica con los negros de
esa otra región, para así intentar mejorar la imagen que éstos tienen
de sí mismos.
En
los últimos estadios de la evolución humana, África ha sufrido de nuevo
los rigores de su posición geográfica, en torno al tórrido Ecuador
y aislada del exterior por grandes desiertos y costas poco abiertas.
Durante la última glaciación, que alcanzó el máximo frío hace unos
18.000 años, la vida allí debió ser mucho más agradable que en Europa,
donde los cazadores del Paleolítico Final apenas podían resistir las
condiciones glaciares metidos en cuevas (y aprovechando para hacer
pinturas que se cuentan entre los mejores logros de la historia del
arte). El desierto del Sahara tuvo entonces uno de sus máximos de aridez,
lo que causó un mayor aislamiento de toda la parte central y sur del
continente. Al comenzar el clima actual el Sahara pasó por varios milenios
de mayor humedad, y grupos de cazadores se instalaron en sus entonces
grandes oasis. Cuando empezó a volver de nuevo la sequía, el esfuerzo
para compensarla llevó a que se domesticaran las primeras vacas, comenzando
aquí los grupos pastores que todavía hoy han hecho famosas a muchas
regiones de África. Porque luego estos pastores se expandieron por
el continente, aprendiendo más tarde la agricultura y la metalurgia
del hierro.
En
algunas zonas de mejores recursos, el crecimiento demográfico llevó
a que se formaran las primeras sociedades estatales organizadas en
el continente, primero el estado faraónico egipcio, no sólo el primero
de África sino de todas partes, y luego en la región subsahariana.
Si enfocamos la historia y la evolución como una narrativa de progreso,
que cree que la organización en Estados es necesariamente mejor que
los tipos más simples, como las tribus o las primitivas jefaturas por
ejemplo, entonces veremos que África tuvo Estados muy pronto (el de
Axum en Etiopía fue contemporáneo de los romanos clásicos) y que cuando
los primeros europeos llegaron a las costas del Golfo de Guinea en
el siglo XV, allí había organizaciones sociales con una tecnología
que no tenía mucho que envidiar a los Estados de la Europa medieval.
Ahora
bien, el contacto con nuestros antepasados, primero portugueses y luego
británicos y holandeses, resultó fatal para los pobres africanos. Nuestro
éxito y expansión significó su desgracia. El intenso comercio de esclavos,
esa gran vergA?enza que nuestros antepasados nos han legado, destruyó
a casi todos esos primeros Estados africanos, interrumpiendo su desarrollo,
rebajando su demografía y creando unas relaciones políticas violentas
en muchas regiones, cuyos últimos coletazos todavía vemos hoy en las
guerras civiles y golpes de estado típicas del continente.
Pero
también podemos seguir una narrativa más crítica con el ?oprogreso?
y, según la lectura que el postmodernismo radical ha hecho de los últimos
excesos de nuestra desbocada cultura occidental, apreciar todo aquello
que nos recuerda la tradición casi desaparecida del mundo premoderno.
Según esta tendencia, el ?oretraso? africano, aunque en ocasiones desemboque
en tragedias de hambrunas y enfermedades, no sólo no es rechazable
sino que es algo que debemos de apreciar, estudiar y conservar, porque
nos habla de un mundo aquí desaparecido que se llevó con él muchas
cosas que nunca debimos perder. Por eso cuando viajamos a África nos
embarga tantas veces la emoción de la empatía hacia estas maravillosas
personas, en especial los niños, que nos admiran por nuestro progreso
pero cuya sencillez y la sensación de felicidad que trasmiten, nos
hacen pensar que probablemente los equivocados seamos nosotros y no
ellos.
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